Imagen: Hormonal Overdose by zlty on DevianArt.comMe he quedado con las palabras y he dejado ir la poesía. Me quedé con la boca y dejé ir los besos. He recibido de lo que me rodea una palabra no de letras, no fonética, ni fonológica; un susurro del mundo, de la vida, de la naturaleza, que se hace verso en las imágenes que corren inapresables en la ventana del autobús o la mirada extraviada de alguien que tragado por el metro se desplaza hacia quién sabe dónde o a qué. Pero, me falta algo.
Hace poco, creí encontrarlo. Creí que lo tocaba; mas resultó ser un espejismo. Una ilusión como aquellas que suelen reproducir la candente arena de un desierto y nuestra particular capacidad de percepción visual. Sin embargo, era palpable una parte de eso que buscaba. En mi cama estaba su cuerpo, desnudo, trémulo. Yo lo toqué, lo sentí, me fundí en él. Pero era sólo cuerpo y el mío lo supo. El sudor, el olor, su silueta, su voz, su respiración, las palabras ahogadas en besos y deseo… Todo, todo era real, estaba allí. Fuimos ella y yo. Más ella que yo y seguía habiendo un vacío. Un vacío que sé que puede llenarse, sólo que luego no sabría qué hacer con el contenido.
No estoy para eso, quizás. No estoy mal. No me siento triste, ni desanimada, ni vacía siquiera. Es sólo que falta algo. Algo que no puedo satisfacer. Todo esto lo enerva y la conciencia de que este deseo sigue allí, ocupando la mitad del lugar que debería estar ocupando mis contentos, me mortifica.
Ya no puedo volver a ser simpleza y llanura. Ya no puedo volver atrás. Es difícil tenerlo todo. Al menos todo lo que considero importante. Es difícil porque aun así siempre hay un después. Me siento como al principio. En algún momento sentí, que esa sed se había saciado. Pero, me doy cuenta que no, que llega la calma otra vez, que la euforia pasa igual que cualquier otra emoción, que cualquier otro sentimiento, y uno se regresa al punto de partida aunque esta vez con más carga para volver a empezar. Esta vez con la carga de aquello que nos satisfizo un momento antes.
Quiero un beso, ya no como los que tengo, quiero uno como el primero que me diste. Quiero un beso tuyo y lo quiero como si no lo tuviera, como si no lo hubiera tenido nunca. He buscado ese beso y he creído encontrarlo aquí y allá; cualquiera besa. Luego me doy cuenta de que no es, de que es una simple impresión y vuelvo a tu boca y ya tampoco está allí.
He tratado de convivir con mi estupidez. Sé desde hace mucho que esa emoción, que ese sentimiento es efímero, inapresable, inefable y, encima, irrecuperable una vez que pasa. En fin, es todas las palabras con i que tanto me gustan precisamente por lo que significan. Ya lo he dicho antes. Es una estupidez, me parece. Sobre todo porque sabiéndolo de sobra, uno sigue persiguiéndolo y tratando de alcanzarlo, como si se pudiera.
Me quedé con la poesía y dejé ir las palabras y en esto, me quedé dormida sin soñar. Me quedé con el beso y dejé ir la boca y ahora lo quiero otra vez. Quiero ese beso, aquel beso. El que me hizo temblar, el que ya no encontré más contigo. Quiero creer que no es verdad y que no tendré que aprender a vivir con que ya lo obtuve y eso es todo.
Quizás sea sólo que mi deseo se disfraza a veces de nostalgia.
Hace poco, creí encontrarlo. Creí que lo tocaba; mas resultó ser un espejismo. Una ilusión como aquellas que suelen reproducir la candente arena de un desierto y nuestra particular capacidad de percepción visual. Sin embargo, era palpable una parte de eso que buscaba. En mi cama estaba su cuerpo, desnudo, trémulo. Yo lo toqué, lo sentí, me fundí en él. Pero era sólo cuerpo y el mío lo supo. El sudor, el olor, su silueta, su voz, su respiración, las palabras ahogadas en besos y deseo… Todo, todo era real, estaba allí. Fuimos ella y yo. Más ella que yo y seguía habiendo un vacío. Un vacío que sé que puede llenarse, sólo que luego no sabría qué hacer con el contenido.
No estoy para eso, quizás. No estoy mal. No me siento triste, ni desanimada, ni vacía siquiera. Es sólo que falta algo. Algo que no puedo satisfacer. Todo esto lo enerva y la conciencia de que este deseo sigue allí, ocupando la mitad del lugar que debería estar ocupando mis contentos, me mortifica.
Ya no puedo volver a ser simpleza y llanura. Ya no puedo volver atrás. Es difícil tenerlo todo. Al menos todo lo que considero importante. Es difícil porque aun así siempre hay un después. Me siento como al principio. En algún momento sentí, que esa sed se había saciado. Pero, me doy cuenta que no, que llega la calma otra vez, que la euforia pasa igual que cualquier otra emoción, que cualquier otro sentimiento, y uno se regresa al punto de partida aunque esta vez con más carga para volver a empezar. Esta vez con la carga de aquello que nos satisfizo un momento antes.
Quiero un beso, ya no como los que tengo, quiero uno como el primero que me diste. Quiero un beso tuyo y lo quiero como si no lo tuviera, como si no lo hubiera tenido nunca. He buscado ese beso y he creído encontrarlo aquí y allá; cualquiera besa. Luego me doy cuenta de que no es, de que es una simple impresión y vuelvo a tu boca y ya tampoco está allí.
He tratado de convivir con mi estupidez. Sé desde hace mucho que esa emoción, que ese sentimiento es efímero, inapresable, inefable y, encima, irrecuperable una vez que pasa. En fin, es todas las palabras con i que tanto me gustan precisamente por lo que significan. Ya lo he dicho antes. Es una estupidez, me parece. Sobre todo porque sabiéndolo de sobra, uno sigue persiguiéndolo y tratando de alcanzarlo, como si se pudiera.
Me quedé con la poesía y dejé ir las palabras y en esto, me quedé dormida sin soñar. Me quedé con el beso y dejé ir la boca y ahora lo quiero otra vez. Quiero ese beso, aquel beso. El que me hizo temblar, el que ya no encontré más contigo. Quiero creer que no es verdad y que no tendré que aprender a vivir con que ya lo obtuve y eso es todo.
Quizás sea sólo que mi deseo se disfraza a veces de nostalgia.









